Esteban Ramírez. 21 septiembre

No. Esta columna no es sobre ciclismo, actividad física que considero apasionante en cualquiera de sus variaciones: de ruta, en montaña, con fines recreativos o como medio de transporte, por citar algunas modalidades. Más bien trato aquí de las “bicicletas financieras”, operaciones de inversión, de canje de divisas y de endeudamiento, que pueden deparar tanto beneficio, como caídas estrepitosas.

En la jerga financiera , “montarse en la bicicleta” suele referirse a operaciones cambiarias, con alta dosis especulativa. Antes de continuar, dejo un clásico de Queen para que lo escuche de fondo, mientras termina de leer el resto del texto.

Un inversionista toma una moneda donde se pagan bajas tasas de interés (el dólar), la cambia a otra moneda con tasas más altas (el colón) e invierte en instrumentos financieros, generalmente de corto plazo, para luego recoger los intereses y devolverse a la moneda original. La operación puede repetirse varias veces, con la complicidad de un tipo de cambio estable (o predecible) entre las dos monedas en cuestión, así se evita que altas fluctuaciones puedan llevarse “lo comido por lo servido”; que lo ganado en la diferencia de tasas, se quede en la recompra de dólares más caros.

Casos sonados de este tipo de negocios ocurrieron en Argentina, sobre todo el año pasado. Llegaban dólares del exterior, se cambiaban a pesos, se invertían en letras del Banco Central argentino (llamados Lebacs, de corto plazo), con rendimientos del 26% anual (cerca del 2,2% mensual). Cuando la inversión vencía se podía renovar y seguir montado en la bici, o pasarse a dólares, cuyo tipo de cambio respecto al peso, en ese momento, era bastante estable.

Cuando uno toma en cuenta que, en setiembre del año pasado, la tasa de interés de las Letras del Tesoro de Estados Unidos era de apenas 1,1% anual, entiende que encima de la bicicleta hay un paseo tentador.

Sin embargo, quienes hemos pedaleado un rato sabemos que en el camino del ciclista pueden pasar muchas cosas, y no en pocas ocasiones se zafa la cadena, se estalla un neumático o se va uno de narices a la cuneta.

Así ocurre en las bicicletas financieras: una aumento abrupto en el dólar, una declaración de impago del emisor de los títulos, o controles en el flujo de capitales pueden traerse al suelo todo el esquema, poco a poco, o de un solo porrazo. Esto duele tanto al pedalista, como al país que ve esfumarse los dólares.

Ahora que lo pienso, Costa Rica podría ser candidata a que el tour pase por aquí, con tanta deuda a corto plazo, tasas de interés crecientes, y un dólar que todavía sigue muy pasivo.