Jacques Sagot. 15 octubre, 2017

Hurgando en el caos de mis viejos escritos he encontrado este texto, que quiero compartir una vez más con ustedes.

El sensacional zurdo brasileño Roberto Rivelino es el autor del gol más tempranero en la historia del fútbol. Estadio Maracaná, de Río de Janeiro. Juegan el Corinthians contra el Bangú. Habiendo sonado el pitazo inicial, y viendo que el portero rival estaba aun hincado, rezando bajo su valla, Rivelino le lanzó un obús desde 40 metros que le pasó por encima, y lo duchó en cuero. Uno a cero con una fracción de segundo jugado.

Esto no es una mera anécdota: es la peor negación de la providencia que he escuchado en mi vida. Castigado por rezar, el infeliz. ¿Dónde estaba su dios? Inmediata “respuesta” a su plegaria. Le hablas al vacío, pobre miserable. Hay que ver el gesto con que el pobre hombre va a recoger el balón al fondo de las redes. Es más, mucho más que un revés deportivo: es la cara de un ser que no entiende, que ha perdido su fe y que pasará el resto de su vida formulando una pregunta para la que no hay respuesta. Encorvada la espalda, lento, ruborizado, encajando las risas de la hinchada rival y ensordecido por el clamor de casi 200.000 espectadores: “¡Ri-ve-li-n-o, Ri-ve-li-no, Ri-ve-li-no!”.

Está bien rezar pero para todo en la vida hay un momento y un lugar, y entonar el Missale Romanum entero cuando se tiene a una fiera como Rivelino enfrente no va a servir de mucho. Las oraciones debieron de haber quedado en el camerino. Dios no aplaude la estupidez, y no secunda los despropósitos.

Primera hipótesis: Dios no existe. Segunda: Dios existe, pero no le interesa el fútbol. Tercera: Dios existe, le interesa el fútbol, pero es torcedor del Corinthians, no del Bangú. Cuarta: Dios no quiere ser importunado por bagatelas, ocupado como está en regir la circulación del tránsito intergaláctico. Quinta: hay que volver al politeísmo, y concluir que el dios de Rivelino es más poderoso que el del portero del Bangú.

Denme su sentir –ya que es mucho más que una mera opinión– al respecto, queridos lectores. ¿A cuál hipótesis suscribirían ustedes? ¿Por qué habría Dios de humillar de tal manera a un hombre que lo honra y venera públicamente? ¿Qué lección derivar de esta terrible experiencia? Los escucho.